DOS HISTORIAS DIFERENTES

Roberta y Ana nos presentan dos situaciones parecidas, si bien han recorrido caminos distintos. Roberta quedó embarazada cuando apenas tenía 14 años. "Su hombre" después de golpearla la abandonó a su suerte, y ella, maravillosa aventura, aceptó llevar adelante la vida que había iniciado en su útero. Ahora que está a punto de cumplir 17 años se siente feliz de tener a su hijito, de apenas 2 años, vivo y contento, aunque el futuro sigue lleno de riesgos y de incógnitas.

Ana quedó embarazada a los 17 años. Habló con su madre, y las dos, de común acuerdo, fueron al hospital. La madre de Ana consideraba siempre como algo malo el aborto, pero cuando una nueva vida llamó a su casa de un modo tan inesperado, prefirió terminar con todo. La chica fue al hospital hace ya algunos meses, y recuerda todavía los gritos de angustia de otra señora, de 40 años, que también estaba en la sala de espera para abortar.

Ana recuerda ese día dramático. "Para mí el aborto es un dolor en las piernas, un dolor allí, donde aspiran, pero sobre todo es ese llanto que me viene al recuerdo, el llanto de aquella señora, ni siquiera sé cómo se llamaba... Intento no pensar en el niño.

Además, ¿había realmente un niño dentro de mí? Sí, lo sé, desde el punto de vista científico es así. Por un instante perdí la cabeza: ahora me quedo con él... La cosa duró alrededor de medio día. Un absurdo. Sólo tengo 17 años. No puedo y no quiero. Tomé una decisión, y dejé de sentir esa cosa, allí dentro..."

Las historias de Roberta y de Ana nos pueden servir para pensar en dos verdades fundamentales de la vida humana. La primera, que hay que respetar cualquier existencia que inicia, sea como sea, como fundamento de un mundo democrático, justo, libre y progresista. La sociedad, por ello, debe defender y ayudar cualquier vida ya comenzada, aunque sea la de un niño pobre en el corazón de un barraca miserable, o la de un embrión en el seno de una adolescente angustiada (que necesita, a su vez, una enorme dosis de comprensión, apoyo y solidaridad).

La segunda, que no basta la tutela legal para garantizar el "derecho" más sublime que todo hombre o mujer contrae desde que inicia la aventura humana: la de saberse acogido, la de ser amado. Por más leyes que existan, mientras no haya amor seguirá habiendo crímenes, robos y calumnias (aunque una ley eficazmente aplicada, esperamos, disuadirá a no pocos a cometer algunos de los delitos más graves que puedan darse entre los seres humanos). Pero es posible también que, en un mundo primitivo y lleno de pobreza, sin escritura y sin leyes ni policías en las calles, puede bastar el amor para que un niño ayude a un anciano moribundo en su humilde choza, para que una madre cuide al hijo pobre de los vecinos, para que una adolescente no aborte y conserve y proteja la vida de su hijo indefenso y débil.

Roberta escogió, instintivamente, a sus frágiles 14 años, el camino del amor, quizá sin conocer si la ley le permitía abortar o no. Quizá ni se le pasó por la cabeza el estudiar su situación "jurídica". Quiso amar, y basta. Ana, en cambio, no encontró la ayuda de la ley para llevar adelante su embarazo, al contrario, buscó, con su madre, un hospital donde pudo realizar el aborto "con todas las de la ley".

Ser mamá es siempre una aventura apasionante. No termina en los 9 meses de embarazo, ni en los primeros años de vida, ni cuando el hijo o la hija llegan a la universidad, se casan o se van al extranjero. Por eso todos los hijos saben lo que deben a sus padres, pero, de modo especial, a sus madres. El hijo de Roberta se lo agradecerá si sabe amar... y tiene ya en su misma madre la mejor escuela de amor.

Ojalá también Ana pueda entrar en el círculo de los que aman: en ese momento descubrirá que su hijo abortado quizá le guiña un ojo desde ese mundo misterioso de los que han pasado ya la frontera de la muerte, y que la ama y la perdona, a pesar de todo...